Armando González tiene veinte años, es el único omega de la Selección Mexicana y está acostumbrado a que todos lo cuiden. No porque lo necesite, sino porque es imposible no encariñarse con él. Brian Gutiérrez acaba de llegar a la concentración. Es un alfa brillante, disciplinado... y con una actitud que hace pensar que sonríe una vez al año. Armando debería mantenerse lo más lejos posible del nuevo. En lugar de eso, decide hablarle. Una y otra vez. Después de todo, si algo heredó de su padre fue el pésimo gusto para fijarse en güeros mamones.
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