Hay personas que nacen con un futuro. Sharon Laurent nació con una deuda.
Su infancia transcurrió entre un apartamento en ruinas, platos vacíos y el constante olor a alcohol y drogas. Sus padres nunca fueron capaces de asumir el papel de protegerla; estaban demasiado ocupados intentando escapar de su propia realidad. Cada moneda que conseguían terminaba convertida en una nueva dosis, y cuando el dinero dejó de ser suficiente, recurrieron al único lugar al que nadie sensato acudiría: la Familia Thompson.
Pedir dinero prestado fue sencillo. Devolverlo, imposible.
La deuda creció hasta convertirse en una sentencia. Los Thompson no amenazaban dos veces ni aceptaban excusas. Cuando comprendieron que jamás recuperarían su dinero, decidieron cobrar aquello que los Laurent todavía conservaban y que tenía más valor que cualquier billete.
A Sharon.
La noche en que se la llevaron, nadie luchó por ella. Nadie intentó impedirlo. Sus propios padres la entregaron a cambio de unos meses más de adicción, demostrando que, para ellos, una hija valía menos que la siguiente dosis.
Pero los Thompson no la criaron como una prisionera.
La moldearon.
Le enseñaron disciplina, autocontrol y obediencia. La convirtieron en alguien capaz de sobrevivir en un mundo donde el poder se imponía sobre la compasión y donde los errores siempre se pagaban con sangre.
Con el paso de los años, el apellido Laurent dejó de significar algo. Era el recuerdo de una niña abandonada por quienes debían protegerla. En cambio, el apellido Thompson se convirtió en su nueva identidad, en el nombre que aprendió a respetar, defender y llevar con orgullo.
Porque Sharon Laurent desapareció hace mucho tiempo.
La única que permanece es Sharon Thompson.
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