Cuando Eleonore Di Laurentis le confesó a las estrellas que su vida era monótona y aburrida, jamás imaginó que el universo le contestaría con un castigo personalizado. Y no cualquier castigo. Tenía que ser él. El que ella aborrecía con cada fibra de su ser perfeccionista. El maldito John Logan. El mismo idiota que usaba su taza de Harry Potter solo para ver cómo le temblaba el ojo. El desastre andante que dejaba patines en medio del pasillo como minas antipersonales. El imbécil que vivía para romper sus reglas, su paz mental y su horario de sueño sin siquiera intentarlo. ¿De todos los chicos de Briar? ¿De todos los jugadores de hockey del campus? ¿Por qué el? ¿Por qué uno de los mejores amigos de su hermano? ¿Por qué el único que la sacaba de quicio con solo respirar? El universo claramente tenía sentido del humor. Y era un humor de mierda.
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