Las luces de la ciudad de Seúl se veían diminutas desde el piso 40 del penthouse de los Choi. Pero para Jin-Woo, ese imperio de cristal no era más que una jaula de oro donde cualquiera, desde sus tíos hasta sus propios guardaespaldas, quería verlo muerto para quedarse con su herencia.
La sangre goteaba de sus dedos tras el último "accidente" provocado en la mansión. Solo, traicionado y acorralado en la oscuridad de su habitación, Jin-Woo no lloró. En su lugar, con el orgullo herido y el deseo de venganza quemándole el pecho, recitó aquellas palabras prohibidas que encontró en el diario oculto de su abuelo. No creía en mitos, pero la desesperación es el mejor combustible para la magia negra.
El aire de la habitación se congeló al instante. Las sombras de las esquinas se retorcieron, cobrando vida propia, hasta materializar una figura alta, imponente y de ojos oscuros que brillaban con un matiz carmesí.
-Vaya... un cachorro de cuna de oro jugando con cosas que no entiende -susurró el desconocido, su voz era una caricia de terciopelo y peligro, mientras una sonrisa ladina se dibujaba en su rostro tatuado-. Dime, pequeño heredero, ¿qué estás dispuesto a entregar a cambio de tu supervivencia?
Jin-Woo levantó la barbilla, mirándolo fijamente a los ojos sin un ápice de temor.
-Mi alma -sentenció el joven, con una frialdad que sorprendió al mismísimo demonio-. Te daré mi alma cuando todo termine. Pero hasta entonces, tú serás mi sombra. Destruirás a cada maldito miembro de mi familia que intente tocarme, y me jurarás lealtad absoluta.
El demonio amplió su sonrisa, complacido por la audacia de su nuevo amo. Se arrodilló ante él, llevando una mano a su pecho en una reverencia perfecta.
-Sus deseos son órdenes, mi joven señor. A partir de hoy, seré su espada y su escudo.
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