Existen amores que nacen con la certeza de ser correspondidos. Amores que avanzan sin obstáculos, que encuentran su lugar en el mundo sin necesidad de esconderse. Y luego están los otros. Los que habitan en las miradas que duran demasiado, en las conversaciones que terminan demasiado pronto y en las palabras que nunca llegan a pronunciarse. Ella era una de mis lagunas. No porque la hubiera olvidado, sino porque nunca logré comprender todo lo que despertaba en mí. Cada vez que creía encontrar una respuesta, aparecía una nueva pregunta. Cada vez que intentaba alejarme, algo me devolvía a ella. Quizás el miedo tuvo mucho que ver. Miedo a cambiarlo todo. Miedo a perder nuestra amistad. Miedo a descubrir que aquello que sentía era real y que ya no habría forma de volver atrás. Porque hay sentimientos que no desaparecen por ignorarlos. Al contrario. Crecen en silencio, ocupando cada espacio vacío hasta convertirse en algo imposible de ocultar. Y así fue como nuestras vidas comenzaron a llenarse de lagunas: silencios donde debieron existir confesiones, despedidas que ocultaban deseos de quedarse y sonrisas que escondían mucho más de lo que se atrevían a mostrar. Esta no es una historia sobre un amor perfecto. Es una historia sobre dos mujeres que se encontraron entre sus propios miedos y tuvieron que decidir si era más doloroso amar en silencio o arriesgarse a decir la verdad.
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