No conocemos todos los misterios de este mundo. Las cosas que sabemos no las
comprendemos del todo, y hay secretos que la humanidad o al menos no toda ella jamás
debería descubrir.
Hace millones de años existían diez familias. Las familias místicas. Cada una custodiaba un
don antiguo, un elemento: lo dominaban, lo comprendían, y se aseguraban de que nunca cayera en manos equivocadas. Durante eras enteras, el equilibrio se mantuvo intacto.
Hasta que la guerra estalla, una lucha por el poder
Una familia no se conformó con su propio don. Los quería todos. Con una frialdad calculada, procedieron a masacrar a cada una de las otras familias, convencidos de que al hacerlo heredarían su poder. Pero el poder no se hereda con sangre derramada: cuando los últimos guardianes cayeron, los elementos simplemente regresaron al origen, al lugar donde todo comenzó.
Al pozo.
A la cueva en la cima de la montaña.
Ellos llegaron a la cueva intentando obtener los elementos, creyeron que los obtendrían.
Lo que no esperaban era encontrarse con un ser que no permitiría que los electos fueran tomados, cuya única razón de existir era proteger los elementos de exactamente eso. La batalla fue desigual, sin embargo este ser, erneo, logró conservar los elementos en el pozo, tomando a el espiritu para sí, con eso lograría mantener al resto de los elementos a salvo
Erneo se encargó de lo que quedaba. Desmanteló a los traidores uno a uno, pero Rosa y Julio se resistieron con una ferocidad que obligó a tomar medidas distintas: fueron encerrados. Y mientras los elementos permanezcan unidos, no podrán salir jamás.
Desde entonces, Erneo ha confiado los elementos a jóvenes elegidos a lo largo de los siglos. Ellos aprenden a dominarlos, a mantenerlos unidos, y sobre todo a protegerlos de quienes buscan usarlos para hacer daño.
Todo había funcionado bien. Hasta ahora.
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