El gobierno no llegó de golpe.
Eso es lo primero que quiero que entiendas antes de leer esto. No hubo una explosión, no hubo un día exacto en que todo cambió. Fue lento. Fue gradual. Fue tan silencioso que cuando quisimos darnos cuenta, ya no había nada que hacer.
Primero fue el racionamiento de alimentos. Después la reorganización de viviendas. Luego los trabajos asignados, las zonas restringidas, los cupones, las categorías productivas que determinaban si eras útil o simplemente un peso para el sistema. Y cuando ya nos habían quitado casi todo, cuando ya habíamos aprendido a bajar la cabeza y a no preguntar demasiado, llegó el Decreto de Repoblación.
La Reforma Demográfica, la llamaban. Como si tuviera un nombre bonito pudiera hacerla parecer razonable.
Lo que significaba, en términos simples, era esto: el Estado decidía con quién te casabas. Una ruleta. Un algoritmo. Un sobre en tu buzón con una fotografía de un desconocido y una fecha límite para aceptar. Y si no aceptabas, las consecuencias eran suficientemente graves como para que casi nadie se atreviera a negarse.
Yo no me negué.
Me llamo Stella Salazar. Tenía veinticuatro años cuando mi nombre salió en el Sorteo, y tomé la decisión más importante de mi vida no por valentía sino por necesidad, que es la forma en que la mayoría de las personas tomamos las decisiones importantes en un mundo como este. El sistema me ofrecía acceso a la universidad a cambio de firmar un papel y compartir un techo con un desconocido. Y yo, que había soñado con estudiar desde niña, firmé.
Lo que no sabía entonces es que ese sobre, esa fotografía, ese correo frío con sello dorado, era también el principio del fin de todo lo que el gobierno había construido a nuestro alrededor.
Esto no es un relato sobre el amor, aunque el amor aparece, inevitable, como aparece siempre en los lugares donde menos lo planeas.
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