«El silencio es un regalo, no un castigo. Pídelo y te lo concederé. Pero si alguna vez lo rompes, dejará de ser un regalo... y se convertirá en tu tumba.»
El hombre sollozaba, suplicaba. Y entonces, desde su escondite involuntario, la niña vio cómo su padre sonreía con una calma aterradora y le tendía un sobre blanco. El hombre lo tomó con manos temblorosas, se incorporó y salió de la habitación caminando hacia atrás, como si dar la espalda al señor de Jeon Group fuera un acto de traición imperdonable.
Woo‑Baeksoo no entendió del todo aquella escena hasta muchos años después, cuando el mismo apellido que la protegía comenzó a asfixiarla. Para entonces ya había aprendido a llevar su propia máscara, la de una estudiante sin pasado, sin dinero, sin ambición. Pero cada noche, al cerrar los ojos, volvía al olor a cera y a cigarro, y al sonido de una amenaza envuelta en buenas maneras.
Porque los secretos, lo sabía bien, no se eligen. Se heredan, y el suyo tenía los dientes afilados.
Ahora, mientras la lluvia de noviembre repicaba contra los cristales de la Universidad Daehan y los ojos vacíos de una chica insignificante se encontraban con los de un inspector demasiado curioso, las ruedas de aquella vieja herencia volvían a girar. Y el regalo del silencio, envenenado y voraz, empezaba a resquebrajarse.
Nadie, ni siquiera Woo‑Baeksoo, podía imaginar hasta qué punto el estanque del jardín botánico estaba a punto de desbordarse.
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