Hubo un tiempo en que la tierra no pertenecía solo a los hombres. Humanos, hadas y dragones compartían el mismo cielo, el mismo suelo, en una paz que nadie cuestionaba: ninguna especie se creía superior a la otra.
Pero en ese mundo vivía también ella. La Hechicera del Fénix.
Nadie sabe de dónde vino, solo que envidiaba a las hadas con una furia antigua -su belleza, su luz, el amor que la tierra les tenía-. Decidió que el mundo no merecía tanta belleza repartida. Que solo debía quedar una especie.
No atacó a las hadas directamente. Se volvió hacia los dragones, hacia su fuerza y su lealtad, y los convirtió en el arma perfecta. Les dio sed: una sed que apagaba la razón cada vez que el aroma de un hada tocaba el aire, que convertía a los protectores del mundo en cazadores de lo que alguna vez juraron proteger.
Así comenzó la caída. Las hadas aprendieron a esconderse. Los dragones, atrapados en su propia condena, se dispersaron por el mundo.
Con el tiempo, ambos se volvieron leyenda. Dibujos en libros para niños. Criaturas que nunca existieron, decían.
Pero existieron.
Y algunas siguen aquí, esperando -sin saberlo- el día en que alguien rompa el hechizo.
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