Dicen que las mejores historias comienzan cuando menos lo esperas.
La mía empezó en una cancha de fútbol.
Mi nombre es Olivia Renata Ochoa, aunque casi todos me conocen como Olivia o Oli. Crecí viendo estadios llenos, entrenamientos, viajes y concentraciones. Para muchos, convivir con la Selección Mexicana era un sueño; para mí, simplemente era parte de mi vida.
Con el tiempo, varios jugadores dejaron de ser solo compañeros de mi papá y se convirtieron en personas muy importantes para mí. Me molestaban, me hacían reír y siempre encontraban la forma de hacerme sentir bienvenida. Eran, de alguna manera, mi segunda familia.
Pensé que ya conocía a todos.
Hasta que un día apareció un chico nuevo.
Era callado, un poco tímido y parecía estar más nervioso que cualquiera en esa concentración. Yo no tenía idea de quién era. Él tampoco sabía quién era yo.
Lo que ninguno de los dos imaginaba era que ese primer encuentro, tan simple y tan casual, terminaría cambiando nuestras vidas.
Porque a veces el destino no llega haciendo ruido.
A veces llega con una camiseta de entrenamiento, una sonrisa discreta...
...y el nombre de Gilberto Mora.
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