Londres palpitaba con una energía distinta a la de Hogwarts, una que no dependía de varitas, sino de cables de fibra óptica y contratos millonarios. Hermione Granger, ahora una exitosa empresaria y una escritora aclamada en el anonimato, se había forjado una vida lejos de las sombras de una guerra perdida. Había enterrado su pasado bajo capas de pragmatismo muggle y noches solitarias frente a su laptop.
Sin embargo, el destino tenía un sentido del humor cruel. O quizás, simplemente, se llamaba Ginny Weasley.
«Es solo una cena, Hermione. Por los viejos tiempos, hazlo por mí», le había insistido Ginny, ignorando el hecho de que no había salido con nadie desde la caída del mundo mágico.
Cuando Hermione entró en el restaurante, arreglada con la sobriedad que le otorgaba su posición, sus ojos buscaron a su cita a ciegas. Pero el aire se le quedó atrapado en la garganta al ver quién estaba sentado a la mesa. No era un extraño, ni un soltero elegible de su nueva vida. Era la encarnación de todo lo que había intentado olvidar: Draco Malfoy. Con su traje impecable y esa expresión de superioridad que parecía haber sobrevivido incluso a la derrota, el rubio levantó la vista, y en sus ojos grises no había confusión, sino una chispa peligrosa de reconocimiento que heló la sangre de Hermione.
-Granger -dijo él, con una voz que era como terciopelo y veneno-. Debí suponer que encontraría el modo de ocultarte entre los no-mágicos.
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