En este mundo hay una regla que nadie se atreve a romper: los omegas deben ser delicados, suaves, dulces y tranquilos. Se espera que obedezcan, que cuiden su apariencia y que se mantengan al margen, especialmente frente a los alfas.
Pero Ricardo rompe cada una de esas normas. Es un omega de casi un metro ochenta y cinco, de hombros anchos y mirada afilada. No es nada delicado: entrena hasta que le arden los músculos, habla sin filtro y tiene un carácter tan duro como el acero. Es orgulloso, a veces grosero, y jamás se deja intimidar por ningún alfa. Detesta profundamente a esa casta: le enfurece cómo se creen superiores, cómo tratan a los demás como si fueran menos, y cómo dan por hecho que cualquier omega se someterá a ellos.
Por otro lado están los alfas: reconocidos por su fuerza, su presencia imponente y esa arrogancia que llevan en la sangre. Y entre todos destaca Macías Emanuel, un alfa que no comparte los prejuicios... pero tampoco tiene ningún respeto. Para él los omegas son solo compañeros de una noche, algo de usar y olvidar. Nunca se ha detenido a preguntar qué sienten, nunca se ha quedado a la mañana siguiente: no cree en vínculos, solo en el placer momentáneo.
Richi pasa sus días esperando que todos los alfas sean iguales: arrogantes y egoístas. Emanuel pasa sus días pensando que todos los omegas son iguales: fáciles y desechables.
Hasta que el destino los obliga a compartir el mismo salón, el mismo proyecto, y a estar mucho más cerca de lo que ninguno de los dos quisiera.
¿Qué pasará cuando el omega que odia a muerte a los alfas se encuentre cara a cara con el alfa que nunca ha valorado a un omega? ¿Seguirán tan seguros de sus juicios cuando tengan que enfrentarse no solo a sus diferencias, sino a lo que empieza a nacer entre ellos?
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