La guerra había terminado.
Al menos eso era lo que todos creían.
Después de tantos años de sangre, pérdidas y despedidas, la paz por fin había encontrado un lugar entre las aldeas. Las cicatrices seguían allí, visibles e invisibles, pero por primera vez en mucho tiempo el futuro parecía prometer algo más que funerales.
Naruto también lo creyó.
Creyó que, después de luchar toda una vida por proteger a los demás, por fin le tocaba vivir para sí mismo. Construir un hogar. Escuchar una risa infantil recorrer los pasillos de su casa. Despertar cada mañana junto al omega que amaba y descubrir que la felicidad podía ser tan simple como una taza de té compartida al amanecer.
Pero la paz es un lujo efímero.
Hay enemigos que no buscan conquistar aldeas.
Hay personas que desaparecen sin dejar rastro.
Y hay secretos que permanecen enterrados porque el mundo no está preparado para conocerlos.
La noche en que todo comenzó, Naruto recibió una misión que jamás debió aceptar.
Fue una misión de la que nadie volvió siendo el mismo.
Mientras tanto, muy lejos del campo de batalla, Sasuke sostenía su vientre con una extraña sensación en el pecho. Era como si el vínculo que compartía con su alfa le susurrara una advertencia imposible de ignorar.
No era miedo.
Era una despedida que aún no entendía.
Y aunque el destino siempre encuentra la forma de separar a quienes más se aman...
...hay promesas que ni siquiera la muerte puede romper.
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