Theodore y Claire crecieron juntos, pero el tiempo se encargó de empujarlos en direcciones opuestas. Él terminó refugiándose en la física teórica, buscando en las leyes del universo la lógica que le falta al mundo real. Ella, en cambio, eligió la psicología y el arte, usando sus cuadernos para plasmar todo lo que la mente no logra explicar: el dolor, la soledad y los hilos invisibles del corazón.
Aunque sus rutinas universitarias no se parecen en nada -él rodeado de fórmulas y ella entre lienzos y terapias-, las mesas de madera del Café Trieste siguen siendo su refugio intacto. Theodore es metódico y predecible, la única constante en la vida de ella. Claire, en cambio, es una fuerza de la naturaleza que brilla sin darse cuenta de que, para él, ya es el centro de su propio universo.
Pero el destino tiene un sentido del humor bastante retorcido. Claire, experta en descifrar la mente humana, es completamente ciega al amor que Theodore oculta tras sus gafas. Y él, capaz de entender el comportamiento de las partículas más complejas, se siente completamente impotente al ver cómo ella se desmorona en una relación tóxica que la apaga poco a poco.
Bajo la niebla eterna de San Francisco, su amistad se mantiene en ese borde peligroso donde dos mundos se atraen, pero temen colisionar. Cuando el dolor de verla sufrir obligue a Theodore a cuestionar sus propias reglas, ambos tendrán que decidir: ¿encontrarán la forma de resolver su propia ecuación o se quedarán para siempre como dos almas que leen el mismo libro... pero temen pasar la página?
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