Nació en el séptimo mes, con el cabello blanco como ceniza y los puños cerrados. La reina Alicent apenas pudo sostenerla antes de que el agotamiento la venciera. El rey Viserys, apoyado en su bastón se acercó a la cuna.
-Se llamará Daenys -dijo, sin titubear-. Como la Soñadora.
Los maestres asintieron y anotaron el nombre en los registros. Pero afuera, en la noche, algo estaba ocurriendo.
Fue Vhagar la primera. El dragón más viejo de Poniente alzó la cabeza desde el otro lado del mar y rugió. No fue un rugido cualquiera. Fue un alarido que atravesó la tormenta y golpeó los muros de Rocadragón como un ariete. Los guardias del puerto sintieron el hueso vibrar en sus pechos.
Entonces los demás, todos los dragones de la fosa rugieron al unísono. Silverwing. Seasmoke. Vermithor, el viejo bronce, que llevaba décadas sin alzar la voz. Incluso los más jóvenes, los que aún no tenían jinete, golpearon las cadenas con sus colas y escupieron fuego contra las paredes de piedra.
Los maestres dejaron sus plumas.
Los guardias empuñaron sus espadas sin saber por qué. El mismísimo Castellano de Rocadragón, un hombre que había servido a tres reyes, sintió que las piernas le flaqueaban.
Y en la cuna, la recién nacida abrió los ojos.
Los maestres dijeron que fue un reflejo. Que los bebés hacen eso. Pero la reina Alicent, que la sostenía en brazos, sintió un frío que no venía del viento.
Sus ojos no eran violetas.
Eran rojos. Rojos como fuego líquido. Rojos como la sangre de Valyria.
Duró un instante. Un latido. Un parpadeo. Y luego se tornaron en el violeta pálido de su padre.
Alicent apretó los labios. No le contó a Viserys. No le contó a nadie.
Pero sintió, en lo más profundo de su vientre, que aquella niña no era un bebé.
Era una advertencia.
Los dragones se callaron al amanecer.
Y Daenys, sin saberlo, durmió por primera vez como solo duermen los que tienen fuego en la sangre.
Sangre y fuego.
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