Dicen que el tiempo es capaz de construir muros donde antes solo había puentes.
Mil ochocientos veinticinco días.
Cinco años de vidas paralelas.
Cinco años de caminos que juraron no volver a cruzarse y de promesas que, al final, no fueron más que susurros efímeros que se llevó el viento.
La ciudad sigue siendo la misma, Conserva ese aroma familiar, esa esencia que se te mete bajo la piel y te recuerda quién fuiste, La burbuja de Rosangela finalmente ha estallado; las estructuras que antes la asfixiaban se han convertido, irónicamente, en su único refugio.
Sin embargo, en medio de la monotonía, una risa conocida ha dejado un eco que se niega a desaparecer.
Fabiana, por su parte, sigue siendo brillante. Sigue siendo fuego.
Pero, al parecer, incluso las llamas más intensas necesitan una voz conocida entre tanto ruido y tanta soledad.
Hay amores que, después de media década de silencio, todavía se pueden volver a escuchar en medio de la Armonía en desorden
Bienvenidos a la secuela de El encuentro de los mundos.
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