Lisandro decidió cambiar de gimnasio por cuestiones de tiempo y comodidad.
Al principio, todo parecía perfecto. La variedad de máquinas, el ambiente y las caras nuevas hacían que cada entrenamiento se sintiera diferente.
Sin embargo, todo cambió cuando, por culpa de la facultad, tuvo que empezar a asistir en otro horario.
Tal vez su costumbre de atraer las buenas vibras finalmente había dado resultado, porque fue allí donde conoció al hombre de sus sueños: un morocho tan atractivo, con un cautivador acento cordobés.
Y claro, Lisandro no era ningún lento.
Lo que antes era el agotamiento de una rutina intensa comenzó a verse recompensado por los constantes cruces de miradas con aquel desconocido que, sin decir una sola palabra, ya ocupaba buena parte de sus pensamientos.
La pregunta era inevitable:
¿Existía alguna posibilidad de que entre ellos sucediera algo más que coincidir en el gimnasio?
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