Ella era el torbellino que conmovía al Colón; él, la calma que detenía el tiempo en el pasto
Luna Agüero nació con los flashes encima, pero eligió el silencio de las salas de ensayo del Teatro Colón. Para ella, la vida se mide en la precisión de un grand jeté, el dolor de las puntas y el refugio de sus sweaters oversize. No quiere la herencia de la fama de su papá, el Kun. Solo quiere bailar.
Julián Álvarez es la promesa del fútbol argentino que prefiere mantener la cabeza gacha. Tímido, de perfil bajo y con la sencillez intacta de quien todavía añora su pueblo, su única prioridad es dejar la vida en cada entrenamiento.
Pero los planes perfectos se desarman cuando Enzo Fernández decide meter la mano.
Un termo de River, unos mates amargos cebados a regañadientes en el pasto y una risa compartida bajo la luz rosa del atardecer son suficientes para que dos mundos completamente opuestas choquen.
Ella está acostumbrada a la rigidez de una coreografía donde un solo paso en falso te deja afuera. Él, a la presión de una tribuna entera que le exige ganar. Pero cuando los flashes finalmente los apunten a los dos y el ruido de afuera sea ensordecedor, van a tener que decidir si están listos para sostenerse cuando todo lo demás empiece a temblar.
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