Hogwarts ya no se sentía como antes. El Gran Comedor había sido reconstruido, las piedras de la torre de Astronomía volvían a estar en su lugar, pero El "octavo año" era un limbo incómodo. Gryffindors y Slytherins compartían el mismo aire, pero separados por un abismo de rencores silenciosos, pesadillas compartidas y marcas -tanto físicas como invisibles- que nadie se atrevía a tocar.
Harry estaba agotado. Ser el salvador del mundo mágico no lo eximía de las noches de insomnio ni de la opresión en el pecho que solo lograba calmar cuando volaba hasta el amanecer. Aquella tarde, tras un entrenamiento, lo único que buscaba en los vestidores de Quidditch era el calor del agua y un momento de paz lejos de las miradas de lástima o adoración.
Sin embargo, al abrir la pesada puerta de madera, el denso vapor de las duchas le mostró algo diferente.
A través de la neblina blanca, el silencio habitual del lugar estaba roto por gemidos. Harry se quedó congelado en el umbral. Allí, contra los azulejos húmedos, la silueta de Neville se enredaba sin timidez con los ángulos afilados de Theodore no había odio, ni rivalidad, ni secuelas de la guerra; solo una urgencia carnal.
A Harry el aire se le atascó en la garganta. El pulso, que ya iba rápido por el vuelo, se le disparó por una razón completamente nueva, encendiendo un calor ajeno en su propio cuerpo mientras se descubría incapaz de apartar la mirada.
-Vaya, vaya, Potter... No sabía que el gran héroe de Gryffindor disfrutaba tanto de mirar sexo ajeno.
Harry no necesitó girarse para saber de quién se trataba. El perfume de Malfoy y el calor de su presencia pegada a su espalda cortaron lo último que le quedaba de cordura. La puerta de los vestidores se cerró con un clic definitivo tras ellos, sellando un pacto silencioso en el que las reglas de Hogwarts estaban a punto de arder por completo.
°❀ Explicit sexual content.
°❀ Draco Top / Harry Bottom.
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