Alba Peñafiel siempre había creído que el amor se demostraba permaneciendo. Por eso permaneció junto a Ferran. Lo hizo cuando las llamadas comenzaron a durar menos, cuando sus viajes a Madrid se convirtieron en promesas y cuando cada respuesta parecía esconder algo que él no estaba dispuesto a compartir. Permaneció porque lo amaba. Porque, antes de convertirse en el hombre que la hacía dudar, Ferran Torres había sido su lugar seguro. Durante años, él había sido su elección. Pero empezó a comportarse como si haber conseguido su amor fuera suficiente para conservarlo. Alba no buscaba a otro hombre. Solo quería recuperar la relación que se estaba deshaciendo entre sus manos. Entonces apareció Jude Bellingham. No llegó para salvarla. Llegó para complicarlo todo. La vio detrás de una cámara durante un clásico y decidió acercarse, aunque sabía que su corazón todavía pertenecía a otro. Jude estaba acostumbrado a conseguir lo que deseaba. Pero Alba no era una conquista ni una rivalidad entre dos futbolistas. Ferran la conocía desde hacía años, pero había comenzado a dejar de verla. Jude apenas acababa de encontrarla y ya parecía incapaz de apartar los ojos. Uno tendría que luchar por conservar el amor que no supo cuidar. El otro tendría que aprender que desearla no le otorgaba ningún derecho sobre ella. Y Alba tendría que aprender a elegirse a sí misma. Ferran tuvo su amor. Jude estaba dispuesto a esperar hasta convertirse en su elección. Pero ninguno de los dos podía decidir por ella. Y Jude Bellingham no la tendría hasta que Alba decidiera entregarle el corazón por completo.
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