Dicen que el primer recuerdo de una persona suele ser el rostro de su madre, una voz conocida o el calor de un hogar. El suyo, en cambio, siempre fue el fuego. Durante años creyó que se trataba de simples pesadillas, de esas que desaparecen con el tiempo, pero jamás ocurrió. Sin importar cuántos años cumpliera, cuántas oraciones recitara o cuántas noches pasara de rodillas frente al altar, siempre terminaba despertando con la misma sensación: la de estar ardiendo vivo. Nunca recordaba quién era, dónde estaba o por qué las llamas lo consumían; únicamente despertaba con el pecho oprimido, el cuerpo cubierto de sudor y un dolor insoportable entre los omóplatos, como si algo hubiera intentado abrirse paso desde su espalda... algo que ya no estaba allí.
Los hombres que lo criaron aseguraban que Dios tenía formas extrañas de poner a prueba a sus hijos. Él quiso creerles. Después de todo, no conocía otra vida que no fueran aquellos inmensos corredores de piedra, el sonido de las campanas al amanecer y el olor constante del incienso impregnando cada rincón de la catedral. Creció convencido de que había sido elegido para servir, de que su existencia tenía un propósito divino, y dedicó cada instante de su vida a convertirse en el sacerdote perfecto. Sin embargo, por mucho que alabara a un Dios al que jamás había visto, había una pregunta que nunca encontraba respuesta:
¿Por qué alguien bendecido por el cielo vivía con el constante recuerdo de un infierno que nunca había conocido?
Lo que Samael ignoraba era que existen castigos capaces de sobrevivir incluso a la muerte. Hay pecados que el tiempo no borra, nombres que la historia decide olvidar y verdades que deben permanecer sepultadas para que el mundo continúe girando. Él era una de esas verdades. Y el día en que recuperara la primera pieza de su memoria, comprendería que jamás había sido un hombre buscando a Dios. Siempre había sido Dios... quien debía esconderse de él.
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