Llegó huyendo de un mundo que nunca lo vio. Y sin saberlo, se convirtió en la única cosa que un corazón roto no pudo dejar de mirar.
Armando "la Hormiga" González tiene dieciocho años, dibuja mundos donde el amor es simple, y ha aprendido a hacerse pequeño para que nadie lo lastime. Cuando su madre decide que ya no hay lugar para él en su nueva vida, lo manda a Guadalajara, a los brazos del único que nunca dejó de quererlo: su hermano Derek, ahora una promesa del Rebaño Sagrado, decidido a darle todo el amor que el tiempo y la distancia les arrebataron.
Pero la paz de Armando dura poco. Un balonazo mal calculado, una resaca, y unos ojos llorosos con las mejillas más rojas que Brian Gutiérrez ha visto en su vida bastan para desarmar al jugador más codiciado de Chivas, al chico que colecciona corazones rotos como trofeos y que solo sueña con una camiseta blanca del Real Madrid.
Brian no cree en el amor. Brian rompe todo lo que toca. Y en Armando encuentra algo tan puro, tan intacto, que sabe -desde el primer instante en que sus ojos se cruzan- que está destinado a destruirlo, aunque eso no logre detenerlo.
Lo que empieza como una disculpa torpe se convierte en una obsesión que Brian no sabe cómo nombrar ni cómo frenar. Cada vez que se acerca demasiado, huye; cada vez que huye, vuelve a acercarse, dejando a su paso una herida distinta cada vez. Armando, ingenuo y sin experiencia en el amor, no distingue la diferencia entre ser querido y ser usado, y termina entregando su primer amor a la única persona que ya sabe, desde el principio, que no sabrá cuidarlo.
Porque uno va a amar como nunca antes lo había hecho, y el otro va a amar de la única forma que conoce: lastimando lo que más quiere.
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