May-Britt Maddox lleva toda su vida -desde que era una niña de once años cuestionando el mundo frente a su ojos- preparándose para un solo objetivo: convertirse en neurocientífica. Tras graduarse, consigue una codiciada pasantía en un prestigioso laboratorio de neurociencia afectiva. Para May-Britt, el cerebro no es solo un mapa de impulsos eléctricos o lecturas frías en una pantalla, sino una red gráfica e inexplicable donde cada pensamiento busca una salida. Sin embargo, su insaciable curiosidad y su tendencia a romper los protocolos la llevan a cruzar la línea: en lugar de limitarse a archivar datos, busca a los pacientes en la penumbra para hacerles las preguntas que ningún científico tradicional se atrevería a formular, intentando descubrir qué siente la mente en el instante exacto en que el cuerpo sufre.
Tras un incidente con un paciente de doce años, su tutora y jefa de pasantía, la estricta Dra. MacLean, frena su ímpetu con un golpe demoledor a su orgullo profesional: la declara no capacitada para la neurociencia pura y la reasigna al área de psicología clínica. Ante la rebelión de May-Britt, la doctora le pronuncia las palabras que cambiarán su vida: «Antes de estar lista para ver a las personas por dentro, tienes que aprender a verlas por fuera. Y entenderlas por fuera no es algo superficial; es aprender a sostener su peso y rastrear en sus gestos dónde se encuentra la verdadera raíz de su dolor.»
Afectada en lo más profundo de su identidad, May-Britt ingresa sin ninguna opción a la consulta terapéutica. Despojada de sus escáneres y obligada a enfrentarse cara a cara con mentes atrapadas en un bucle de agotamiento y recuerdos incompletos, siente que toda su existencia se tambalea. Parada en la orilla del abismo, solo le queda una duda:
¿Será capaz de descifrar lo que hay dentro de una mente rota antes de terminar perdida entre sus fragmentos?
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