A los dieciséis, Ohyul estaba acostumbrado a observar a Louis desde lejos.
Él era el chico que todos conocían: capitán del equipo de baloncesto, buen estudiante, rodeado de amigos y de personas que siempre parecían querer estar cerca de él.
Ohyul, en cambio, era un chico que prefería quedarse en silencio.
Conocía pequeños detalles de Louis que él jamás imaginó que alguien pudiera recordar.
La música que escuchaba, los lugares donde solía estar, sus gestos, sus costumbres.
Él nunca llegó a saber su nombre.
Siete años después, sus caminos vuelven a cruzarse.
Pero Ohyul ya no es aquel chico tímido que lo observaba desde los pasillos.
Una noche, un viejo reloj aparece en sus manos.
Un reloj detenido a las 8:17.
Y después de eso, algo que Ohyul creía olvidado vuelve a formar parte de su vida.
Porque algunas historias no terminan cuando dejamos de vivirlas.
Solo esperan a que llegue el momento de ser vistas.
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