Muñeco de porcelana
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Tanjiro nunca quiso ser un héroe.
Su historia no comenzó con un sueño de grandeza ni con el deseo de proteger a la humanidad. Comenzó con sangre. Con nieve manchada de rojo. Con el olor a muerte impregnado en la ropa de su madre mientras la sostenía entre sus brazos.
Él no eligió la espada. La espada lo eligió a él.
O más bien, la necesidad lo empujó hacia ella. Porque cuando perdiste todo lo que amabas, cuando el mundo se derrumbó a tu alrededor y solo queda el eco de las voces que ya no volverían, no te que más que un camino... Encontrar respuestas. Encontrar al responsable. Encontrar justicia.
Ese era su propósito. Su única brújula.
No entendía de rangos ni de jerarquías. No le importaba el prestigio ni el reconocimiento. Cada paso en el mundo de los cazadores era un paso hacia ese rostro oculto tras una máscara de sonrisa torcida. Hacia la única verdad que necesitaba conocer.
Pero el camino resultó ser más largo de lo que imaginó.
Y en medio de la niebla de su venganza, apareció alguien.
Alguien que no pidió permiso para entrar en su vida. Alguien que lo vio no como un cazador novato ni como un hermano desesperado, sino como algo más. Algo que ni siquiera él mismo sabía que existía dentro de sí.
Con esa persona, Tanjiro descubrió que no solo podía pelear. Que no solo podía sobrevivir. Que en algún lugar entre el dolor y la rabia, también podía reír. Podía dudar. Podía ser débil.
Y esa persona, sin saberlo, se había convertido en su ancla. Su punto de apoyo. La única certeza en medio del caos.
Sin esa persona, Tanjiro no sabía quién sería.
Tal vez el mismo chico que salvo a su hermana moribunda en la nieve. Tal vez un fantasma que caminaba sin rumbo. Tal vez nada.
Y ese pensamiento, más que cualquier demonio o batalla, era lo que más lo aterraba.
Porque había descubierto que no le temía a la muerte. Le temía a vivir sin razón. Y esa persona era su razón.
Su último respiro.
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