Nadie entendería cómo funciona lo suyo, ni ellos mismos sabrían cómo explicarlo sin que suene a algo que no es. Pedro se mudó a casa de Luis hace tiempo, y es cierto que no tiene que mover un dedo por nada: Luis paga cada factura, llena la nevera con lo que se le antoja, le compra ropa nueva y cubre hasta el último gasto que se presente. Pedro vive ahí, cómodo y sin preocupaciones económicas, gracias a él.
Pero no son pareja. Ni mucho menos.
Pedro sigue siendo el que manda, el que lleva la voz cantante en todo lo que pasa entre esas paredes. Es dominante, mandón, con ese carácter fuerte y ese aire de quien nunca se deja someter por nadie -aunque sea otro quien le dé de comer y le pague el techo. Luis lo cuida, lo consiente y lo mantiene como nadie lo haría, pero nunca se atreve a contradecirlo: cuando Pedro pone una regla, se cumple; cuando pide algo, lo obtiene; cuando marca los límites, Luis los respeta sin chistar.
Antes eran solo vecinos que se cruzaban en la escalera o pedían favores de puerta en puerta. Ahora comparten casa, días y hasta confianzas que no le cuentan a nadie más, pero sin etiquetas, sin promesas de amor ni títulos que los definan. Es una dinámica extraña, única, que nadie más tiene que entender: Luis le brinda todo lo material que Pedro necesita, y Pedro se queda ahí, dueño de cada rincón y de la situación, sin pertenecerle del todo... pero sin querer irse jamás.
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