Eileen Lillian Snape nació el 25 de mayo de 1980 como el resultado accidental de una noche de borrachera. Su madre murió apenas un año después, vencida por una enfermedad mágica, y la niña quedó dividida entre dos mundos: la distante presencia de Severus Snape y la opulenta, peligrosa casa de los Malfoy.
Desde que tenía memoria, Draco Malfoy fue su constante. Crecieron juntos entre reuniones de mortífagos, lecciones de etiqueta y pasillos que conocían mejor que sus propias habitaciones. Él lideraba. Ella caminaba siempre cinco pasos atrás, observando, calculando, protegiendo en silencio. Para Lucius, era la hija obediente e inteligente que nunca tuvo. Para Narcissa, una compañera de té. Para Severus, una responsabilidad que a veces llevaba semanas a Hogwarts, donde a los cinco años ya se sabía de memoria la biblioteca.
Cuando llegó el momento de ponerse el Sombrero Seleccionador, Eileen no dudó. Miró a Draco y comprendió que, sin ella, él no sobreviviría. Slytherin la reclamó.
Nunca se unió a las burlas de Pansy ni a la crueldad fácil de su mejor amigo. No odiaba a Harry Potter. No odiaba a casi nadie. Solo tenía la misma mirada fría y melancólica de su padre, una cara que parecía despreciar el mundo entero.
Aprendió a formar un Patronus en forma de perro. Dominó el arte del animago y se registró ante el Ministerio. Su varita de caoba y colmillo de basilisco fue, según Ollivander, una de las más raras que había visto.
Y cuando su padre le dijo que no servía para ser mortífaga, Eileen no se ofendió.
Agradeció en silencio no haber pertenecido nunca a ese lado de la oscuridad.
Esta es la historia de la hija que nadie esperaba... y de la sombra que siempre estuvo cinco pasos atrás.
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