Luke Castellan tomó una decisión: por el bien de Annabeth y de los pocos que ama, rechazó la tentadora oferta del Titán Cronos. Decidió apagar su propia furia, agachar la cabeza y vivir como un peón más en el tablero de los dioses del Olimpo. Un pelinegro de ojos sombríos resignado a un destino injusto.
Hasta que él llegó.
Percy Jackson tiene trece años, el cabello rubio como el sol y unos ojos azules tan puros que parecen incapaces de albergar malicia. Llega al Campamento Mestizo arrastrando los pies, herido y con el corazón roto por la muerte de su madre. Cuando el peso del Olimpo cae sobre los frágiles hombros de Percy y es reclamado por Poseidón para una misión suicida, Luke vuelve a sentir el fuego de la rebelión. Al ver al pequeño Percy rechazar la ayuda de Annabeth y suplicarle que lo acompañe junto a Clarisse, Luke jura que esta vez no fallará. No permitirá que los dioses destruyan la luz de ese niño.
Pero el viaje hacia el rayo maestro está impregnado de sacrificios, dolor y un veneno letal que amenaza con cobrarse la vida de Percy. Mientras ve al chico llorar y sangrar por un destino que no eligió, la mente de Luke comienza a fracturarse: ¿Acaso hizo bien en negarse a la guerra? ¿Cuánto más deberán sufrir los inocentes antes de que el Olimpo caiga?
Luke está dispuesto a abrazar la oscuridad con tal de salvar a Percy. Lo que no sabe es que, a veces, la oscuridad más profunda se esconde detrás de la mirada más pura.
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