Alessia Ferraz volvió al pueblo donde nació con una maleta llena de secretos y un nombre que nadie de su vida pasada puede pronunciar sin recordar lo que hizo. Cree en huir antes de que alguien la vea demasiado, en cargar en silencio la culpa de una muerte que la persigue, y en que el amor siempre termina abandonándote, tarde o temprano. Entre un año encerrada que nadie conoce y una madre que prefiere fingir que no existe, solo quiere sobrevivir un año más sin que nadie descubra quién es de verdad. Volver no era parte del plan. Reencontrarse con la persona que más daño le hizo, tampoco.
Bruno Soler tiene una medalla de natación en cada estante y un padre que se está muriendo lento en la habitación de al lado. Aprendió a los quince años que crecer significa cuidar a quien debería cuidarlo a él: entre turnos de camarero para pagar rehabilitaciones que nunca funcionan y una madre que solo lo mira cuando le conviene, encontró en el agua y en una guitarra desafinada la única forma de seguir respirando. Hace tiempo aprendió que el amor siempre tiene un precio, y que él nunca alcanza a pagarlo del todo.
Cuando el destino, y un castigo del director, los obliga a compartir el taller de arte, Alessia y Bruno son obligados a recordar que hace dos años fueron mucho más que dos simples desconocidos que no se soportan. Y que quizás lo que le falta a uno, siempre estuvo escondido en el otro. Esta no es solo la historia de dos rivales aprendiendo a convivir después de hacerse daño; es la historia de un grupo entero de adolescentes rotos que encuentran, entre pinceles y paredes a medio pintar, el único lugar del mundo donde no tienen que fingir que están bien.
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