La música del departamento de Bang Chan retumbaba de fondo, pero la verdadera tormenta estaba entre ellos dos. El piso estaba lleno de latas vacías, colillas de cigarrillos y la vibra pesada de una noche que ya se había salido de control
-¡Ya basta, Jisung! ¡Deja de jugar con esa puta mierda! -le gritó Chan, plantándose frente a él, con los ojos inyectados en sangre por la frustración-. Llevas todo el maldito día metiéndote de todo. Mírate la cara, carajo, estás completamente ido. ¡Vas a terminar matándote!
Jisung soltó una carcajada seca, errática, con la mandíbula rígida y la mirada totalmente desorbitada. Sacó del bolsillo de su pantalón una pastilla morada con el logo grabado de una marca de lujo.
-¡A mí no me vas a venir a decir qué hacer, Chan! -le escupió Jisung, sin ningún tipo de filtro, arrastrando las palabras-. ¿Te da miedo una estúpida Gold Purple? No eres mi maldito padre. ¡Déjame en paz de una puta vez!
Antes de que Chan pudiera reaccionar y meterle un manotazo, Jisung se tiró la pastilla a la boca y se la tragó seca, sosteniéndole la mirada con un cinismo desafiante.
-¿Qué hiciste, imbécil? -Chan lo empujó del pecho, perdiendo los estribos-. ¡Esa porquería está cargadísima y ya traes el cuerpo al límite! ¡¿Te quieres morir aquí o qué coño te pasa?!
-¡Me quiero sentir bien, carajo! ¡Quiero que esta puta cabeza se calle de una vez! -le rugió Jisung en la cara, con las venas del cuello marcadas, respirando a bocanadas.
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