¿Hasta dónde puede llegar una obsesión?
Louis Tomlinson estaba convencido de que todos guardaban un deseo del que les daba un poco de vergüenza hablar. Algunos fantaseaban con médicos, otros con policías, profesores, músicos o desconocidos que jamás volverían a ver.
Él, en cambio, tenía una debilidad muy específica.
Los bomberos.
No sabía exactamente cuándo había empezado. Quizás la primera vez que vio uno bajar de un camión cubierto de hollín, con el uniforme pesado, la mandíbula tensa y esa calma absurda que solo tienen quienes entran donde todos los demás salen corriendo. O quizás siempre había estado ahí, esperando el momento de convertirse en una obsesión.
Porque eso era.
Una obsesión.
Cada sirena que sonaba le hacía levantar la vista. Cada película, cada serie, cada calendario ridículo protagonizado por bomberos terminaba llamando su atención más de lo que estaba dispuesto a admitir. Sus amigos se burlaban, él lo negaba... y cinco minutos después estaba buscando excusas para volver a mirar.
Era un fetiche inofensivo. Una fantasía más.
Al menos eso creía.
Hasta que una noche, por culpa de un incendio, una casualidad y cinco minutos que cambiarían absolutamente todo, dejó de imaginar cómo sería conocer a un bombero.
Y descubrió que la realidad podía ser mucho más peligrosa que cualquiera de sus fantasías.
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