Katsuki Bakugo siempre había construido su vida sobre un marco de control absoluto. Cada hora de su día estaba rigurosamente planificada, cada rutina ejecutada con una precisión matemática y impecable. Su mente era una fortaleza inexpugnable, ordenada y libre de cualquier distracción no deseada. Nada se escapaba de su dominio; el orden era su armadura y su garantía de victoria.
Sin embargo, al caer la noche, esa ilusión de control perfecto se desmoronaba por completo.
El patrón se repetía sin falta, casi como una condena silenciosa. En cuanto la oscuridad envolvía su habitación y el sueño lo vencía, la misma visión irrompible tomaba posesión de su mente. En la penumbra de sus sueños, la puerta se abría y la figura impecablemente familiar de Eijiro Kirishima avanzaba hacia él. No había vacilación en la mirada del pelirrojo dentro del plano onírico; solo una presencia abrumadora que tomaba a Bakugo, quebraba su compostura y lo sometía a una intensidad física voraz y sofocante, reduciendo todo su orgullo a cenizas y jadeos nocturnos.
Al despertar, la calma de la mañana ya no traía consigo el descanso habitual.
El impacto de esas noches sin tregua comenzó a erosionar la realidad de Katsuki. La distancia profesional y el compañerismo cotidiano con Kirishima se volvieron insostenibles dentro de su propia cabeza. Una simple mirada del pelirrojo en el entrenamiento, un roce accidental de hombros o el sonido de su risa ya no significaban lo mismo. El velo del control se había roto para siempre, dejando a Bakugo atrapado en un laberinto donde la vigilia y la fijación nocturna chocaban violentamente.
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