Existen lugares en el mundo donde las leyes del hombre pierden su valor, sepultadas bajo capas de niebla y secretos olvidados. Misty Pines siempre fue uno de esos lugares. Una vasta extensión de pino y piedra que, para los habitantes del pueblo vecino, no era más que una frontera boscosa y peligrosa. Para Rai, sin embargo, era algo muy distinto: era su prisión y su único santuario.
Durante dos mil años, Rai había caminado sobre la tierra como una sombra inmortal. Vio caer reinos, erosionarse montañas y transformarse imperios, aprendiendo una lección amarga en cada era: la distancia era la única forma de preservarse. La belleza de su linaje venía acompañada de una sed implacable y de una soledad tan densa que el tiempo terminaba por perder todo sentido. Amar a un mortal era condenarse a ver cómo una vida se consumía en un parpadeo; odiarlos era rendirse a la monstruosidad. Por eso, Rai eligió la penumbra de su gran mansión, convencido de que su existencia no era más que un eco helado en medio de la eternidad.
Hasta que llegó ella.
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