Nuestro secreto | Enzo Fernández
Nunca pensé que iba a terminar así.
Cuando acepté trabajar para la AFA, tenía una sola cosa clara: iba a hacer mi trabajo. Nada más.
No estaba buscando conocer a nadie, mucho menos involucrarme con un jugador. Sabía perfectamente dónde estaba la línea y, sobre todo, sabía que no podía cruzarla.
Por eso, cuando apareció Enzo, intenté mantener todo exactamente donde correspondía.
Él era un jugador.
Yo, su kinesióloga.
Simple.
Al menos eso pensé.
Porque hay cosas que empiezan con una mirada demasiado larga, una conversación que no debería haber durado tanto o una puerta que se cierra cuando nadie está mirando.
Y después están los secretos.
Los que uno guarda porque sabe que no debería contarlos. Los que empiezan siendo pequeños y cuando querés darte cuenta, ya cambiaron absolutamente todo.
Yo todavía no sabía qué iba a pasar.
Tampoco sabía que algunas personas llegan a tu vida sin pedir permiso y mucho menos imaginaba que, algún día, iba a tener que preguntarme si realmente había sido una buena idea intentar mantenerlo lejos.
Porque Enzo nunca fue parte del plan.
Y quizás ese fue exactamente el problema.