El sol se ponía sobre la sagrada Ilión, tiñendo el mármol de los templos de un tono rosado y ámbar que competía con la riqueza de la corte troyana.
En el corazón de la acrópolis, bajo las columnas estriadas de un templo erigido en honor a Apolo, se erguía una figura que parecía esculpida por los mismos dioses: Aerion de Troya.
Su nombre era un susurro reverente que viajaba desde las islas del Egeo hasta las cimas del Olimpo.
Se decía que, con su llegada, la belleza de su hermano Omega Daeron Clitemnestra había sido eclipsada, y que la diosa Afrodita misma había derramado una bendición inusual sobre él.
Aerion era un joven Omega, la joya más preciada de toda Grecia, y la prueba viviente de la gloria de Troya.
Su cabello, una cascada de plata líquida que parece capturar la luz de la luna incluso al atardecer, está coronado por una diadema de oro puro engastada con un rubí central que arde con un fuego interior.
Un velo dorado y translúcido enmarca su rostro de facciones perfectas, dándole una apariencia sagrada y distante.
Viste un chitón y un himation (túnica y manto) que son una declaración de poder y riqueza.
La seda está teñida de un púrpura real, el color de los reyes, y bordada con intrincados patrones dorados que evocan la mitología y la artesanía de su pueblo.
En su pecho, un pectoral de oro macizo adornado con eslabones entrelazados y un medallón central, resplandece contra la tela.
Gruesas muñequeras doradas, con el mismo patrón de grecas, completan su atuendo símbolo de su estatus elevado y protegido.
A pesar de su atuendo opulento, es la mirada de Aerion lo que cautiva.
Sus ojos, de un violeta intenso, parecen ver a través de las fachadas de la política y el deber.
Hay una melancolía en ellos, la carga de ser el objeto de deseo y la esperanza de una nación una joya destinada a ser codiciada.
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