Nadie sospechaba que detrás de la mirada serena e inexpresiva de Itachi Uchiha existía una obsesión tan profunda. Una emoción que jamás dejó escapar a través de una palabra, un gesto o una expresión.
Su origen era Naruto Uzumaki. Torpe, escandaloso, impulsivo, brillante. Todo aquello que Itachi jamás fue. Todo lo que el mundo le arrebató antes de que pudiera conocerlo. En un universo construido con sangre, pérdidas y oscuridad, Naruto terminó convirtiéndose en la única luz capaz de atravesar el vacío que habitaba en su interior.
Al principio solo fue curiosidad. Después, una atención constante. Más tarde, una vigilancia meticulosa. Con el paso del tiempo, aquella necesidad silenciosa terminó envolviendo cada aspecto de la vida del rubio sin que nadie pudiera percibirlo. El ninja más peligroso de Konoha comenzó a reescribir el destino de Naruto desde las sombras, alterando misiones, desviando amenazas, infiltrándose en sus sueños y acomodando encuentros que el resto llamaba casualidades, aunque de casuales nunca tuvieron nada. Cada decisión, cada pequeño cambio, cada hilo invisible conducía siempre al mismo lugar.
Para el mundo, Naruto era el Jinchūriki de la Hoja, el recipiente del Kyūbi, el muchacho destinado a cargar con el odio de todos. Para Itachi, en cambio, era algo infinitamente más importante.
Su ancla.
Después de todo, Tobirama Senju lo había dicho hacía mucho tiempo: los Uchiha amaban con una intensidad imposible de comprender. Sus sentimientos nacían con una fuerza descomunal, consumiéndolos por completo hasta convertir el amor, la lealtad o el dolor en algo absoluto. Cuando un Uchiha entregaba su corazón, ya no existían los límites, la lógica ni el equilibrio. Solo quedaba aquello que deseaba proteger o conservar.
Porque, al final, el amor puede convertirse en una prisión mucho más oscura... y mucho más inquebrantable... que el propio odio.
• Esta historia me pertenece 100% menos los personajes. Estos
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