Nunca me llevé bien con mi familia. Todos eran demasiado enérgicos para mi gusto, y eso siempre terminaba provocando pequeños conflictos, porque yo solo quería vivir tranquilo. Sinceramente, durante años pensé que me habían adoptado o que me habían cambiado al nacer en el hospital... pero resulta que no fue así.
Como parte de una de las tantas ideas de mis padres y mi hermana menor para "fortalecer los lazos familiares", terminamos de vacaciones en Grecia. No me opuse; después de todo, la mitología griega siempre había despertado mi curiosidad.
Todo transcurría con normalidad... hasta que un terremoto sacudió el templo que estábamos visitando.
Vi cómo el suelo se abría bajo los pies de mi hermana. Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente y logré empujarla fuera de peligro, pero yo caí en la enorme grieta.
Mientras descendía, acepté que iba a morir. Incluso acomodé mi cuerpo para caer de cabeza y terminar con todo de la forma más rápida posible.
Durante la caída distinguí una especie de santuario oculto bajo tierra. Frente a mí se alzaba una imponente estatua, y a sus pies descansaba una enorme escultura de Cerbero. En mis últimos instantes comprendí de quién se trataba.
Hades.
Con ese último pensamiento, impacté contra el suelo... y morí. O al menos, eso creí.
Al instante siguiente sentí que salía de algo cálido y viscoso, como si acabara de nacer. Antes de poder entender lo que ocurría, unas manos gigantes me levantaron.
Abrí los ojos.
Entonces vi cómo un titán de proporciones colosales abría la boca dispuesto a devorarme. Solo necesité un segundo para comprender toda la situación.
-Soy Hades, carajo.
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