Una noche cualquiera, en una terraza de Malasaña, Alejandra le pidió fuego a un desconocido. No sabía quién era. No lo reconoció. Y eso lo cambió todo. Porque él era Quevedo. Y por primera vez, alguien lo miró sin saberlo. Ella tenía 20 años, una vida normal, y cero interés en cualquier cosa que no fuera pagar su alquiler. Él tenía todo. Menos a alguien como ella.
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