En la era del mito, cuando la Tierra no era más que un único continente primordial, el mundo pertenecía a entes arcanos y despiadados. Durante siglos, estos seres impusieron la Primera Era del Caos Primordial, sometiendo a la raza humana a una tiranía brutal: los mortales no eran más que ganado, combustible para sus rituales de energía y mano de obra esclava dedicada a la edificación de monumentos obscenos en honor a sus opresores.
Sometidos a tormentos inimaginables y al borde de la extinción, los primeros humanos despertaron un poder latente en su propia esencia y se alzaron en una rebelión sangrienta. La contienda alcanzó tal magnitud que el continente original fue fracturado por el impacto de los combates. Tras décadas de guerra, la humanidad logró lo impensable: expulsar y sellar a estos entes en un plano dimensional abisal.
Aquellos rebeldes victoriosos, imbuidos por la devoción de su gente y por la inmensa energía desatada en la guerra, ascendieron hasta convertirse en los Primeros Dioses, sentando los cimientos de las místicas culturas, religiones y panteones del mundo. Sin embargo, el sello no fue definitivo.
Desde la penumbra de su encierro, los entes primordiales continuaron acechando. A lo largo de las eras, han forzado fisuras en la realidad, abriendo portales e impulsando violentas incursiones demoníacas con el único fin de reclamar el dominio que consideran suyo por derecho, obligando a cada generación de mortales a luchar por el simple derecho de existir.
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