Jude Bellingham llega al Liceo San Alberto con una mochila rota, un pan con huevo en la mano y una camiseta gastada de Colo-Colo bajo el uniforme. Es flaite, de población, y su único idioma es el de la calle: directo, filoso, sin filtros. No tiene plata, no tiene papá, y no tiene paciencia para los cuicos que lo miran como si fuera un bicho raro.
Erling Haaland es todo lo contrario. Rubio, alto, millonario, capitán del equipo de fútbol y fanático de la Universidad de Chile. Vive en un departamento en Vitacura, usa zapatillas que cuestan más que el arriendo de Jude, y nunca, en toda su vida, nadie lo ha tratado como a un weón cualquiera.
El odio es inmediato. El fútbol es la excusa. Y una apuesta absurda (un completo con chucrut y mayonesa casera en la población de Jude) los obliga a verse más de lo que quieren.
Pero entre insultos y empujones, entre goles y faltas, algo empieza a quebrarse. Porque el odio, a veces, es solo la forma más cobarde de prestar atención. Y cuando dos mundos tan distintos chocan, el amor puede ser el único arbitro que logre ponerles orden.
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