A los nueve años, Mateo viajó por primera vez a Kioto junto a sus padres para visitar a sus abuelos.
Durante una festividad de Tanabata, se perdió entre la multitud y terminó conociendo a una niña japonesa llamada Aoi.
Aquella tarde comenzó una amistad que cambiaría sus vidas.
Cada verano, sin importar cuánto tiempo hubiera pasado, Mateo y Aoi volvían a encontrarse en el mismo lugar. Compartían historias, pequeños secretos y momentos que, sin darse cuenta, comenzaron a significar cada vez más.
Y al final de cada verano, siempre se despedían con las mismas palabras:
-Nos vemos el próximo verano.
A los once años, Mateo llevó desde México un pequeño collar para Aoi.
Ella, en cambio, le regaló una pulsera hecha con sus propias manos.
Dos regalos.
Dos recuerdos.
Una promesa.
Pero al verano siguiente, algo sucedió.
Mateo esperó.
Aoi esperó.
Y, sin saberlo, ambos se marcharon creyendo que tendrían otra oportunidad para encontrarse.
Los años pasaron.
Sus caminos se separaron y aquella promesa quedó atrás, perdida entre los recuerdos de la infancia.
Sin embargo, ninguno de los dos olvidó por completo aquello que recibió del otro.
Un collar.
Una pulsera.
Y un sentimiento que ninguno sabía explicar.
Hasta que, varios años después, el destino vuelve a cruzar sus caminos en Kioto.
Mateo ya no es el niño que Aoi conoció.
Aoi tampoco es la niña que él recuerda...
Si es que acaso logra recordarla.
Porque algunas personas pueden desaparecer de nuestras vidas.
Algunas promesas pueden quedar en el olvido.
Pero hay encuentros que, sin importar cuánto tiempo pase, parecen estar destinados a suceder una vez más.
Tal vez el próximo verano nunca fue el final.
Tal vez siempre fue el comienzo.
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