Brian Gutiérrez nunca imaginó que un trabajo pudiera cambiarle la vida.
Acostumbrado a ganarse la vida haciendo mandados, entregas y cualquier cosa que dejara algo de dinero, terminó trabajando para Armando González, un exfutbolista convertido en empresario cuya familia vive en un mundo completamente distinto al suyo.
Una casa enorme. Dinero. La Anáhuac. Entrenamientos. Apellidos conocidos. Oportunidades que Brian apenas puede imaginar.
Y en medio de todo eso está Armando.
El hijo del patrón.
El niño bien que parece tener la vida resuelta, pero que poco a poco descubre que tenerlo todo también puede significar no saber qué hacer con tu propia vida.
Brian no entiende su forma de vivir.
Armando no entiende la forma en la que habla.
Uno conoce los puestos de tacos, las canchas de barrio, las fiestas donde nadie se preocupa por verse elegante y las noches de reguetón a todo volumen.
El otro conoce las cenas familiares, los antros exclusivos, las mesas reservadas y una vida construida alrededor de expectativas.
Dos mundos que no deberían tener demasiado en común.
Hasta que empiezan a encontrarse en el mismo lugar.
Porque Brian llegó a aquella casa para trabajar.
Pero terminó encontrando un lugar al que quería quedarse.
Y Armando solo quería conocer al chico que, por primera vez, parecía verlo como algo más que el hijo del patrón.
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