Las cicatrices siempre han sido eso: marcas que cuentan historias. Pero en este mundo, cada historia se escribe dos veces.
No es algo que se elija ni que se entienda del todo. Simplemente ocurre. Si te cortas al cocinar, al otro lado del mundo alguien mira su dedo y ve la misma línea aparecer. Si te operan, tu alma gemela despierta con una marca nueva. Y cuando la tuya se desvanece, la de esa persona también. No importa si es una quemadura, un moretón, una herida de guerra o un rasguño de una rama al salir a correr; todo se refleja. Pueden ser muchas cicatrices a lo largo de los años, acumulándose sin orden ni sentido. Una persona puede tener el brazo lleno de marcas y no saber a quién pertenecen, ni por qué su otra mitad vive una vida tan accidentada.
La mayoría de la gente pasa la vida sin encontrar a su alma gemela. Es una de esas cosas que pueden ocurrir o no, como ganar la lotería. Pero las redes han cambiado las reglas. Hay grupos enteros dedicados a comparar cicatrices: alguien sube una foto de su antebrazo, otro la de su rodilla, y así durante años, a ver si hay coincidencia. La gente se obsesiona, pasa horas desplazando imágenes, ampliando detalles, comparando formas. A veces hay falsas alarmas, personas que creen haber encontrado a su otra mitad y resulta que no, que las marcas son parecidas pero no idénticas, y la decepción es enorme. Pero no dejan de intentarlo.
La sociedad ha aprendido a convivir con esto y ha creado normas al respecto. Es como si el vínculo justificara lo que de otra forma parecería difícil de entender.
Al final, el mundo sigue su curso. La gente se hace daño sin querer, se cura, sigue buscando. Las cicatrices van y vienen, aparecen y desaparecen, y en algún lugar, siempre, alguien tiene la misma marca. No saben cuándo se encontrarán, o si lo harán. Pero mientras tanto, la vida sigue, con sus cortes y sus golpes, y la certeza de que nunca se está del todo solo, aunque no sepas quién lleva tus mismas heridas
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