The Walking Dead: Lo que queda de su latido
«El virus reactiva el tallo cerebral. Los hace caminar, los hace comer. Pero la corteza... los recuerdos, el habla, el pensamiento... todo eso se pudre. O al menos, eso es lo que la ciencia creía.»
Ray Rivera tenía treinta años, las manos callosas de arar la tierra del norte de Georgia y una terquedad tan salvaje que ni el fin del mundo pudo doblegar. Pero en este nuevo orden, el orgullo no te salva de los dientes de los muertos. Tras una agónica huida en la maleza, Ray es arrastrada al interior de los pasillos estériles del CDC, donde un último científico juega a ser Dios con su sangre infectada.
El experimento falló. Su corazón se detuvo. Su piel se volvió fría como el mármol de una morgue y un hambre asqueante e insaciable comenzó a devorarle las entrañas. Ella está muerta. No respira, no tiene pulso... pero su mente acaba de despertar en la oscuridad de una celda de cristal.
Cuando los hermanos Dixon -fantasmas de su juventud rústica con los que compartía peleas de bar y silencios en el pozo- la encuentran encallada en el subsuelo antes de la explosión global, el pasado regresa con la fuerza de un incendio. Daryl, el hosco cazador de la ballesta, se convertirá en su secreto más peligroso y en el único anclaje que la mantiene unida a una humanidad que se le escapa entre los dedos.
En medio de un invierno helado, hordas que reclaman la ciudad y la peligrosa y lasciva obsesión de un ex-policía dispuesto a todo, la trinidad de los Dixon tendrá que romper sus propias reglas para sobrevivir. Porque Ray es un corcel indomable que prefiere desatar una carnicería antes que rendirse...
pero, ¿cuánto tiempo puede una mujer muerta ganar la guerra contra sus propios instintos antes de devorar al único hombre que ama?
Peleas de campo, celos silenciosos y un amor que desafía la línea entre la vida y la muerte. Bienvenidos al Territorio Muerto