La ruta era larga y el calor de Córdoba no perdonaba.
El colectivo de Dahlia Viajes avanzaba pesado por la ruta, ronroneando como siempre, con el aire acondicionado haciendo más ruido que frío afuera el sol pegaba de lleno. Adentro, el olor a plástico caliente, a mate lavado y a hombre que lleva horas sentado no se iba con nada.
Juan manejaba en silencio manos grandes firmes en el volante, espalda derecha, mirada fija en el camino ojos color miel que parecían siempre un poco enojados, aunque no lo estuvieran pelo canoso con restos de ese rubio rojizo peinado al costado, prolijo, como todo en él: alto, tostado, cuerpo de alguien que no falta al gimnasio, responsable hasta el cansancio, chapado a la antigua de los que hablan poco y cuando hablan, cortan.
Al lado, en el asiento del acompañante, Sergio miraba por la ventanilla sin ver realmente nada: flaco, blanco, pelo negro corto peinado igual que el de Juan también alto y seco timido con la mayoría, observador con todos buenazo en lo chiquito, aunque pocos lo notaran aveces soltaba un comentario al pasar y se reía después con esa risa rara, como si tuviera la garganta reseca. Juan nunca decía nada, pero siempre lo escuchaba.
Llevaban años haciendo la misma línea horarios, silenciosy misma costumbre de no mirarse demasiado tiempo.
Hasta que un día el silencio empezó a pesar distinto.
Y ninguno de los dos supo en qué momento dejó de ser solo trabajo.
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