«Si firmas este papel, me perteneces las veinticuatro horas del día. Tu atención, tu tiempo y tu lealtad serán exclusivamente mías. Nadie más puede tener acceso a ti». Trabajar para Michael Jackson en el año 2009 no era un empleo; era entrar a una jaula de oro donde el resto del mundo dejaba de existir. Yo creía que mi única tarea sería coordinar la logística de los ensayos para su última gira mundial, This Is It. Qué ingenua fui. Detrás de las puertas cerradas del estudio, lejos de las cámaras y la prensa, descubrí al verdadero hombre detrás del mito: un Michael maduro, imponente y peligrosamente dominante, decidido a usar cada movimiento de su cuerpo para tentarme, doblegarme y adueñarse de mi cordura. Una provocación constante que empezó con miradas prohibidas sobre el escenario y terminó con noches clandestinas de pura pasión explícita e irreversible. Él no pide permiso; él toma el control. Sus celos son un laberinto sin salida, sus manos enguantadas son una sentencia y su tacto es un fuego que quema la delgada línea entre el deber profesional y la sumisión absoluta. Yo creía que era la dueña de mi vida... hasta que él decidió convertirse en el dueño de mi destino.
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