PRÓLOGO
Hace treinta mil años, el mundo pertenecía a cuatro grandes razas: dragones, elfos, orcos y humanos.
Durante siglos convivieron entre alianzas y conflictos, hasta que una guerra entre especies se prolongó durante cien años. Miles murieron y los antiguos reinos quedaron devastados.
Cuando finalmente llegó la paz, se firmaron tratados que cambiaron el mundo. Los reinos se convirtieron en países, los castillos en palacios y las antiguas familias reales conservaron su poder durante generaciones.
Pero la guerra dejó una consecuencia que ninguna ley podía reparar.
Los dragones y los elfos, seres inmortales, comenzaron a desaparecer lentamente. Su capacidad de reproducción era extremadamente baja y sus poblaciones jamás volvieron a recuperarse.
Los humanos, en cambio, se multiplicaron hasta convertirse en la especie predominante.
Con el tiempo nacieron los mestizos. Algunos dragones aceptaron mezclar su sangre con humanos para preservar sus linajes, aunque las grandes casas de sangre pura continuaron aferrándose a sus antiguas tradiciones.
Entre ellas se encontraba la casa Manoban.
Mil años después, Lalisa Manoban era su heredera.
Sus padres habían elegido para ella una esposa de sangre dracónica pura. Para su familia, aquel matrimonio garantizaría la continuidad de su linaje.
Para Lalisa, era una sentencia.
Sus propios padres habían tardado cinco mil años en concebirla. Ella no estaba dispuesta a esperar otros milenios por un heredero que quizá jamás llegaría.
Así que tomó una decisión que cambiaría su destino.
Abandonaría su reino.
Ocultaría su verdadera naturaleza entre los humanos.
Y encontraría por sí misma a la mujer con la que quería casarse.
Una humana.
O al menos eso creía.
Porque Lalisa todavía no sabía que aquella búsqueda la llevaría hasta alguien que ocultaba un secreto mucho más antiguo que el suyo.
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