A los cuarenta años, Darío Salvatore está convencido de que la parte más importante de su vida ya pasó. Omega, divorciado y padre de dos hijos, ha construido una existencia modesta en la pequeña casa que compró después de separarse. Tomás, su hijo mayor, está a punto de comenzar su propia vida y se preocupa demasiado por la estabilidad económica de su padre; Fernando, el menor, todavía vive esa edad en la que necesita a Darío aunque no siempre sepa cómo demostrarlo. Entre sus hijos, sus flores, la cafetería y las miradas de unos vecinos que parecen tener una opinión sobre todo, Darío ha aprendido a conformarse con la tranquilidad. Después de todo, en una sociedad donde los omegas son valorados especialmente durante sus años fértiles, un omega divorciado de cuarenta años difícilmente parece el protagonista de una nueva historia de amor. Entonces aparece Rubén. A sus treinta y ocho años, Rubén tampoco encaja en la imagen de un alfa respetable. Mecánico de carreras, excéntrico, vulgar y dueño de un sentido del humor capaz de avergonzar a cualquiera, lleva años reconstruyendo una vida marcada por las adicciones. No es elegante, no es particularmente prudente y definitivamente no es el hombre que Darío habría imaginado a su lado. Lo que comienza como un encuentro entre dos hombres que aparentemente tienen poco en común se transforma lentamente en una relación inesperada. Rubén descubre detrás de la serenidad de Darío a un hombre que pasó demasiados años cumpliendo con lo que otros esperaban de él. Darío, por su parte, encuentra bajo la irreverencia de Rubén a alguien que conoce demasiado bien el peso del pasado y el esfuerzo que requiere empezar de nuevo.
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