Prólogo: La luz no siempre es amarilla
Dicen que los pintores de la Edad de Oro holandesa dominaban la luz como nadie, pero a veces, al mirar por la ventana de este pequeño apartamento en el sur de Ámsterdam, todo me parece gris. Gris, como el papel de los documentos que tuve que firmar. Gris, como la incertidumbre de no saber si podré enviar el dinero que mi familia espera.
Mi vida en un pequeño pueblo en Brasil era un cuadro de colores cálidos: el naranja de las puestas de sol, el verde intenso de la vegetación, el calor de la gente que se saluda con un abrazo largo. Aquí, todo es distinto. El arte de esta ciudad es majestuoso, es historia pura, es Van Gogh y sus girasoles, pero yo todavía no me siento parte del cuadro.
Me llamo Mariana y llegué a Europa huyendo de mis inseguridades, con una maleta llena de ropa usada y una fe que me pesa tanto como me sostiene. No soy la heroína de una película de lujo; soy simplemente una chica que ha aprendido a contar sus pasos sobre los adoquines fríos, rezando en silencio para que, algún día, el color vuelva a mis días.
Esta es la historia de cómo empecé a pintar mi propio futuro, pincelada a pincelada, en una tierra que todavía no sabe mi nombre.
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