Porque Akaza ama profundamente las estrellas. Adora aquellas noches en que miles de luceros, como pequeños puntos blancos esparcidos por la inmensidad, se dibujan en el firmamento e iluminan, con suavidad, los días grises y monótonos de su aburrida y miserable existencia. Sin embargo, justo cuando creía que aquellas estrellas eran su único refugio y su única luz, ha conocido a alguien que resplandece con una intensidad tal, que parece superar incluso la propia claridad del sol la estrella más grande y hermosa del sistema solar: Rengoku... quien, sin buscarlo ni pensarlo en su vida, ni por un instante, ha llegado a teñir sus ya aburridos y grises momentos de existencia para transformarlos por completo, llenándolo de paz y amor.
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